El milagro que dejó al descubierto la verdadera ceguera

Sección: estudios • Subsección: vida-cristiana • Actualizado: 2026-08-02 15:38:58
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Texto principal: Juan 9:1-41


La curación del ciego de nacimiento plantea una pregunta que el relato no permite evadir: si Jesús podía sanar mediante una sola palabra, ¿por qué escupió en tierra, hizo lodo, lo aplicó sobre los ojos del hombre y le ordenó lavarse precisamente en sábado? No parece un detalle improvisado. Cada movimiento hizo visible una obra que podía haberse realizado silenciosamente y, al mismo tiempo, confrontó una interpretación religiosa que había convertido el día de descanso en motivo de acusación.

Juan no presenta únicamente la historia de unos ojos que comienzan a ver. Construye un relato sobre dos clases de ceguera: la limitación física de un hombre que nunca había contemplado la luz y la resistencia espiritual de quienes, creyéndose intérpretes seguros de la voluntad divina, fueron incapaces de reconocer la obra de Dios delante de ellos. El hombre que comenzó el día sin vista terminó adorando a Cristo; los dirigentes que aseguraban ver concluyeron llamando pecador al Autor de la vida. El milagro, por tanto, no puede separarse del sábado, del barro ni del conflicto que siguió.


Una pregunta equivocada ante el sufrimiento

Al encontrar al hombre, los discípulos preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?» (Juan 9:2). Su preocupación inicial no fue cómo ayudarlo, sino a quién responsabilizar. La pregunta reflejaba la idea de que una aflicción grave debía corresponder a una culpa igualmente grave.

Elena G. de White explica que se había generalizado entre los judíos la creencia de que el sufrimiento era el castigo directo de una falta cometida por quien padecía o por sus padres. Esa interpretación añadía al dolor físico una condena moral: quien sufría terminaba cargando también con la sospecha de ser un gran pecador. Jesús rechazó esa conclusión. No afirmó que el pecado careciera de consecuencias en el mundo, sino que negó que la condición particular de aquel hombre pudiera utilizarse para identificar y medir su culpabilidad.

La respuesta de Cristo cambió el centro de la conversación: «Ni este pecó, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Juan 9:3). Jesús no satisfizo la curiosidad especulativa de los discípulos; dirigió su atención hacia lo que Dios estaba a punto de realizar. White observa que ellos no habían sido llamados a debatir quién era culpable, sino a comprender el poder y la misericordia de Dios al dar vista al ciego. En otras palabras, frente al sufrimiento, Cristo sustituyó la búsqueda de un culpable por una acción restauradora.

Este cambio resulta decisivo para comprender el resto del capítulo. Los discípulos vieron un problema teológico; Jesús vio a una persona. Los fariseos vieron posteriormente una posible infracción; Cristo vio una vida que debía ser restaurada. La verdadera ceguera comenzó a revelarse antes de que el hombre abriera los ojos: consiste en conocer muchas reglas religiosas y, aun así, dejar de percibir al ser humano que necesita misericordia.


¿Por qué realizar la curación en sábado?

El hombre era ciego de nacimiento. No se trataba de una enfermedad repentina ni de una emergencia que, según la opinión de los dirigentes, no pudiera esperar hasta la puesta del sol. Precisamente por eso la elección del día resulta significativa. Jesús pudo haber evitado el conflicto posponiendo la sanidad, pero no lo hizo. Juan subraya que «era día de reposo cuando Jesús había hecho el lodo, y le había abierto los ojos» (Juan 9:14).

Cristo no actuó contra el sábado instituido por Dios. Actuó contra una interpretación que había terminado oponiendo la observancia religiosa a la misericordia. En otros conflictos sabáticos declaró que «lícito es en los días de reposo hacer el bien» (Mateo 12:12) y que «el día de reposo fue hecho por causa del hombre» (Marcos 2:27). Estas declaraciones no eliminan la santidad del séptimo día; recuperan su propósito. El sábado debía recordar al Creador, ofrecer descanso y hacer visible la bondad de Dios. Sanar a una persona no profanaba ese significado: lo encarnaba.

Frank B. Holbrook, del Instituto de Investigación Bíblica adventista, señala que Jesús sanó deliberadamente en sábado para enseñar el verdadero espíritu de su observancia. De manera semejante, las orientaciones oficiales de la Iglesia Adventista toman las acciones de Cristo —sanar a los enfermos y liberar a los físicamente oprimidos aun en sábado— como fundamento para reconocer las obras de misericordia propias de ese día. El conflicto de Juan 9, entonces, no enfrenta a Jesús con el cuarto mandamiento, sino la intención creadora y redentora del mandamiento con una aplicación que había perdido de vista a la persona.


Lo que revelan la Mishná y el Talmud

Para comprender por qué la saliva y el lodo podían provocar una controversia, conviene mirar las discusiones rabínicas acerca de la atención médica en sábado. Debe hacerse con una precaución histórica: la Mishná fue organizada posteriormente al ministerio de Jesús y el Talmud de Babilonia alcanzó su forma final varios siglos después. Por eso no sería correcto afirmar que los fariseos de Juan 9 consultaron el texto de Shabat 108b tal como hoy lo conocemos. Estas obras, sin embargo, conservan razonamientos y tradiciones rabínicas que permiten entender por qué una aplicación medicinal podía ser considerada problemática.

La Mishná, Shabat 14:4, distingue entre el uso ordinario de ciertas sustancias y su utilización deliberada como tratamiento. Una persona con dolor dental no debía sorber vinagre con propósito medicinal durante el sábado, aunque podía consumirlo de la manera acostumbrada; de igual modo, ciertas sustancias podían aplicarse normalmente, pero no como remedios especializados. El asunto no era simplemente tocar o consumir un elemento, sino realizar una acción reconocible como tratamiento médico.

El Talmud de Babilonia, Shabat 108b, lleva la discusión al cuidado de los ojos. Allí se diferencia entre colocar vino dentro del ojo, lo cual era considerado curativo, y aplicarlo exteriormente. El pasaje añade que la llamada saliva insípida o saliva de una persona que aún no había comido era considerada de uso medicinal y que incluso colocarla sobre el ojo estaba prohibido en sábado. El texto no demuestra que la saliva pudiera devolver científicamente la vista ni que todos los judíos compartieran idénticas creencias y prácticas. Sí demuestra que, dentro de la tradición rabínica preservada, la saliva podía reconocerse como un agente terapéutico ocular.

Este trasfondo ilumina la narración. Jesús no pronunció una orden a distancia ni realizó una acción susceptible de pasar inadvertida. Escupió, mezcló la saliva con tierra, produjo una pasta, la colocó exactamente sobre los ojos y envió al hombre a lavarse. Gerald A. Klingbeil, editor y autor adventista, observa que la preparación de esa mezcla podía interpretarse, según las regulaciones rabínicas, como trabajo realizado en sábado. Su artículo sobre Juan 9 menciona varias objeciones posibles: preparar la mezcla, ungir los ojos, utilizar saliva asociada con fines medicinales y lavar el ungüento.

Así se comprende mejor la decisión de Cristo. La saliva no fue necesaria porque su poder fuese insuficiente. Fue una acción visible que expuso el problema de fondo: ¿debía la interpretación humana del sábado tener más autoridad que el Creador que estaba restaurando una vida? Jesús no buscó una infracción por capricho. Convirtió la sanidad en una demostración pública de que las normas religiosas pierden su legitimidad cuando terminan llamando pecado a la misericordia.


El poder no estaba en la saliva, el barro ni el agua

Sería un error pasar del extremo legalista al extremo supersticioso y atribuirle poder al procedimiento. Elena G. de White explícita: no había virtud sanadora en el lodo ni en el estanque de Siloé; la virtud estaba en Cristo. En otros milagros, Jesús sanó mediante una palabra, mediante el contacto o incluso a distancia. El procedimiento cambiaba, pero la fuente del poder seguía siendo la misma.

El uso de medios visibles tampoco convierte el milagro en un tratamiento médico ordinario. Un poco de barro no podía producir órganos funcionales en alguien que jamás había visto. Cristo se sirvió de elementos sencillos, pero el resultado superó por completo la capacidad de esos elementos. El lodo no explica la sanidad; dirige la atención hacia Aquel que lo utilizó.

Esto establece una distinción importante para la fe adventista. Dios puede obrar por medios naturales y espera que usemos responsablemente los recursos adecuados para cuidar la salud; sin embargo, los medios no deben ocupar el lugar del Dador de la vida. En Juan 9, el barro evitaba tanto el espectáculo mágico como la autosuficiencia humana. No era una sustancia sagrada que funcionara independientemente de Cristo. Sin su palabra, habría seguido siendo tierra húmeda.


Barro en las manos del Creador

Juan no explica expresamente que el barro simbolice la creación de Adán, por lo que esta conexión debe presentarse como una lectura teológica y no como una declaración directa del evangelista. Aun así, la imagen resulta difícil de ignorar. Génesis 2:7 describe a Dios formando al ser humano del polvo de la tierra; en Juan 9, Jesús toma tierra y actúa sobre una carencia presente desde el nacimiento.

Klingbeil reconoce en el episodio un eco de la creación: el Creador se encontraba en medio de su pueblo, aunque muchos no lograban reconocerlo. La señal no consistió simplemente en recuperar una capacidad perdida por una lesión reciente. El relato insiste en que el hombre había nacido ciego y que nunca antes se había oído que alguien abriera los ojos de una persona en esa condición (Juan 9:32). La obra de Jesús posee, por tanto, el carácter de una nueva creación.

Aquí el sábado adquiere todavía mayor profundidad. El día que conmemora la creación se convirtió en el escenario de una acción creadora. Los dirigentes creyeron que la elaboración del barro violaba el reposo; Juan muestra al Señor de la creación realizando una obra que daba integridad a un ser humano. Lo que ellos clasificaron como trabajo prohibido era la manifestación del Dios que continúa sosteniendo y restaurando la vida.

La creencia fundamental adventista acerca del sábado lo presenta como memorial de la creación y celebración de los actos creadores y redentores de Dios. Juan 9 reúne ambas realidades: Cristo demuestra su autoridad creadora al abrir los ojos y su misión redentora al conducir al hombre desde la marginación hasta la fe. Por eso esta curación no disminuye el sábado. Revela lo que el sábado siempre debió anunciar.


Siloé: obediencia antes de ver

Jesús ordenó al hombre: «Ve a lavarte en el estanque de Siloé». Juan añade que Siloé significa «Enviado» (Juan 9:7). El evangelista no acostumbra incluir explicaciones sin importancia. A lo largo de su Evangelio, Jesús se presenta como el Enviado del Padre. El hombre, todavía ciego, fue enviado al estanque llamado Enviado y regresó viendo. La señal apunta más allá del agua: la vida y la luz proceden de Cristo, el verdadero Enviado.

El hombre tuvo que responder antes de contemplar resultado alguno. Con barro sobre los ojos recorrió el camino hasta el estanque y se lavó. Su obediencia no compró el milagro ni produjo el poder, pero fue la respuesta concreta a la palabra de Jesús. White señala que Cristo acostumbraba a contestar de forma práctica las preguntas nacidas de la curiosidad. Mientras los discípulos debatían sobre las causas, el hombre actuó conforme a la instrucción recibida.

Su comprensión de Jesús también avanzó progresivamente. Primero habló de «aquel hombre que se llama Jesús» (Juan 9:11); luego afirmó que era profeta (vers. 17); más tarde sostuvo que debía venir de Dios (vers. 30-33); finalmente confesó: «Creo, Señor», y lo adoró (vers. 38). Sus ojos fueron abiertos en Siloé, pero su visión espiritual continuó desarrollándose durante la prueba.


Un juicio en el que los jueces terminaron juzgados

Después del milagro, la narración adopta la forma de una investigación. Los vecinos interrogaron al hombre, los fariseos lo examinaron, llamaron a sus padres y después volvieron a interrogarlo. La evidencia estaba frente a ellos: conocían al mendigo, sus padres confirmaron que había nacido ciego y él podía ver. Sin embargo, en lugar de permitir que el hecho corrigiera su interpretación, intentaron hacer que su interpretación negara el hecho.

Su razonamiento aparece en Juan 9:16: «Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo». La conclusión dependía de una premisa equivocada: asumieron que sus reglas equivalían exactamente al mandamiento divino. Si Jesús no se sometía a ellas, debía ser pecador; y si era pecador, el milagro no podía proceder de Dios. Así quedaron encerrados en un círculo que no permitía reconocer ninguna evidencia contraria.

El hombre sanado, sin formación rabínica comparable a la de sus interrogadores, percibió la contradicción: «Si este no viniera de Dios, nada podría hacer» (Juan 9:33). Elena G. de White comenta que enfrentó a sus examinadores en su propio terreno y que su razonamiento resultó incontestable. Incapaces de refutar el testimonio, lo expulsaron.

Entonces Jesús fue a buscarlo. Este detalle revela el carácter del verdadero Pastor y prepara el discurso de Juan 10. Los dirigentes lo expulsaron de la comunidad; Cristo lo recibió y le reveló su identidad. La sanidad no terminó cuando el hombre comenzó a distinguir colores y formas. Culminó cuando reconoció al Hijo de Dios y lo adoró.

La ironía del capítulo llega a su punto máximo en Juan 9:39-41. El hombre que admitía su necesidad recibió la vista; quienes afirmaban «vemos» permanecieron en su pecado. La ceguera espiritual no consiste en desconocerlo todo, sino en creer que nuestro conocimiento ya no necesita ser corregido por Cristo.


El sábado que Jesús defendió

Este relato suele utilizarse para sostener que Jesús quebrantó o restó importancia al sábado. El desarrollo narrativo conduce a la conclusión opuesta. Si Cristo hubiera querido abolir el cuarto mandamiento, habría enseñado que ya no importaba. En cambio, discutió qué significaba guardarlo correctamente. No enfrentó el sábado con la misericordia; mostró que la misericordia pertenece al sábado.

Ekkehardt Mueller, investigador adventista, explica al estudiar las controversias sabáticas de Juan que las acusaciones provenían de la interpretación de los adversarios, no de una transgresión moral cometida por Jesús. Cristo actuaba en armonía con el Padre al dar vida y sostener su creación. Frank B. Holbrook llega a una conclusión semejante: las sanidades deliberadas enseñaban el espíritu auténtico de la observancia sabática.

La declaración oficial adventista sobre el sábado lo define como día de descanso, adoración y ministerio, vivido de acuerdo con la enseñanza y la práctica de Jesús, Señor del sábado. También lo presenta como símbolo de redención y celebración de los actos creadores y redentores de Dios. Esa formulación encuentra en Juan 9 una ilustración extraordinaria: descansar en el Creador no significa permanecer indiferente ante el sufrimiento, sino participar, dentro de nuestras posibilidades, en su obra de alivio y restauración.

El legalismo pregunta primero qué acción puede considerarse infracción; el espíritu de Cristo pregunta cómo honrar a Dios y hacer el bien. Esto no convierte el sábado en un día común ni justifica cualquier actividad bajo el nombre de servicio. Significa que ninguna interpretación de la santidad puede ser correcta si vuelve insensible al adorador frente a la necesidad humana.


Una advertencia para los creyentes actuales

Juan 9 no fue escrito para que los cristianos se sintieran superiores a los fariseos, sino para que reconozcan la posibilidad de repetir su actitud. Una comunidad puede defender una doctrina verdadera y, al mismo tiempo, representarla de una manera que oscurezca el carácter de Dios. También puede proteger sus costumbres con tanta rigidez que termine sospechando de toda obra que no se ajuste a sus formas acostumbradas.

La aplicación tampoco debe convertirse en desprecio contra el pueblo judío. Jesús, sus discípulos, el hombre sanado, sus padres y los dirigentes del relato eran judíos. Estamos ante una controversia surgida dentro del judaísmo del siglo I, no ante una oposición simplista entre un cristianismo misericordioso y un judaísmo sin compasión. El problema denunciado por el texto es universal: cualquier religión, incluida una congregación adventista, puede elevar sus interpretaciones humanas hasta el punto de confundirlas con la voluntad absoluta de Dios.

El sábado sigue siendo santo. Precisamente por eso debe reflejar el carácter del Dios santo: un Dios creador, redentor, compasivo y cercano al ser humano. Visitar al enfermo, acompañar al que sufre, alimentar al necesitado, escuchar al solitario y aliviar una carga no son distracciones del sábado. Realizadas con un espíritu desinteresado, son maneras de anunciar al Señor del sábado.


La luz continúa interrogándonos

Jesús usó saliva y barro porque el milagro debía ser más que una curación privada. La acción visible puso en evidencia las barreras construidas alrededor del sábado; recordó que el poder creador estaba presente en Cristo; involucró al hombre en una respuesta obediente y condujo a una confrontación que reveló quién deseaba realmente ver.

La saliva no poseía poder sobrenatural. El lodo no era un medicamento capaz de crear visión. El agua de Siloé no actuó como una fuente mágica. El poder estaba en Cristo. Pero cada uno de esos elementos convirtió la señal en una enseñanza: el Creador puede utilizar el polvo, el Enviado puede enviar y el Señor del sábado puede restaurar en el día que conmemora su obra creadora.

Al final, la pregunta más profunda de Juan 9 no es por qué el hombre nació ciego, sino quiénes están dispuestos a reconocer la Luz. El mendigo respondió con una confesión sencilla: «Creo, Señor». Los dirigentes, rodeados de evidencias, conservaron su veredicto. Uno comenzó sin vista y terminó adorando; los otros comenzaron convencidos de que veían y terminaron rechazando al Hijo de Dios.

El barro fue retirado de los ojos del hombre. La tradición endurecida permaneció sobre los ojos de sus acusadores. Por eso el milagro continúa siendo una advertencia: podemos defender el sábado y, sin darnos cuenta, oponernos al Señor del sábado. La verdadera observancia comienza cuando permitimos que Cristo abra nuestros ojos para contemplar a Dios, comprender su Palabra y mirar con misericordia a la persona que tenemos delante.



Fuentes consultadas

  • Biblia: Génesis 2:1-7; Éxodo 20:8-11; Isaías 58:13-14; Mateo 12:9-13; Marcos 2:27-28; Juan 5:1-18; Juan 9:1-41; Juan 10:1-18.
  • White, Elena G. de. El Deseado de todas las gentes, capítulo 51, «La luz de la vida», especialmente pp. 430-435. Edición digital oficial.
  • White, Elena G. de. El ministerio de curación, sección dedicada a la cooperación de los medios naturales con el poder divino. Edición digital oficial.
  • Klingbeil, Gerald A. «No Marketing Gimmick». Adventist Review, 3 de febrero de 2020. Artículo.
  • Mueller, Ekkehardt. «Is Jesus Breaking the Sabbath?—John 5:18». Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General. Artículo.
  • Holbrook, Frank B. «A Reply to “What Do the Scriptures Say About the Sabbath?”». Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General. Artículo.
  • Iglesia Adventista del Séptimo Día. Creencia fundamental 20, «El sábado». Creencias oficiales.
  • Iglesia Adventista del Séptimo Día. «Sabbath Observance», orientaciones aprobadas por la Asociación General. Documento oficial.
  • Mishná, Shabat 14:4. Texto en Sefaria.
  • Talmud de Babilonia, Shabat 108b. Texto en Sefaria.


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